LAS
CEREZAS
“No
exijáis más
de lo que
está fijado”.
(Lc. 3, 13)
En el “Nuevo Reino de los Ciegos”, Crispín soñaba, en pleno “sol
de medianoche”, ver caer del cielo un enorme racimo de hermosas y suculentas
cerezas dentro de un colosal canasto de bejuco tejido con bellos colores, así
mismo, otro ramillete más pequeño, pero de igual calidad que el anterior.
Al mismo
tiempo, aparecieron Juan y Samuel a disputarse la joya de la corona, pero cuál
fue el asombro de Juan, que al probar y comprobar la calidad y cantidad de las
cerezas, exclamó: ¡Son puro néctar y ambrosía celeste! Al momento evocó y las
comparó con el brillo y el color de los rubíes traídos de Birmania, Madagascar
y Sri Lanka.
Después,
pensó apoderarse de estas y estos, pero Crispín y Samuel, que ya se habían
puesto de acuerdo para exigir el reparto por iguales partes, persuadieron a
Juan que, para evitar la guerra entre los tres y la pérdida del manjar, lo
mejor era pesarlo con “romana” y darle a cada quien su porción. Crispín
prestó la “romana”, Juan el palo de sostener la pesa y Samuel los costales para
recoger los frutos. Al terminar el pesaje, cada quien cogió su dividendo y se
dirigió a su hogar.
Crispín
siguió el camino de Villadiego y al llegar a un gigantesco barranco tropezó
contra una piedra y al caer, perdió cuanto llevaba… menos la vida, que milagrosamente
logró escapar de la guadaña, se levantó y partió para su casa rengueando y
quejándose por la pérdida de tan valioso hallazgo.
Juan, el
afortunado, llevó su porción a su domicilio y la repartió a su esposa e hijos y
todos juntos construyeron rápidamente un alambique, en el cual echaron la
cerezas despulpadas y de estas extrajeron un nutritivo y sabroso vino que hasta
el sol de hoy continúan bebiendo y ofreciendo a sus vecinos.
Samuel
recogió su fracción, la acomodó en la silla de su corcel, montó y atravesó
diversos parajes y quebradas, hasta que se encontró con un compañero de
infancia que venía del campo a la ciudad y se pusieron a conversar…, al poco
tiempo llegó la oscuridad, aparecieron la Luna y los luceros, se despidieron
efusivamente el uno del otro y cada quien continuó su viaje.
Samuel,
fustigó al caballo y este arrancó a correr y al olfatear y oír que algo extraño
y peligroso andaba por entre los árboles de una y otra orilla de la trocha, se
desbocó y el jinete, carga y rocín cayeron al abismo… hoy Juan y Crispín,
lloran la muerte de su amigo.
Bogotá,
21 de junio de 2014

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