miércoles, 20 de julio de 2016

PEREGRINACIÓN A LA VIRGEN DE LAS LAJAS
Y AL SEÑOR DE LOS MILAGROS DE BUGA

“En ti está la fuente de la vida,
y en tu luz vemos la luz”.
Sal.  36, 10

El cinco, el seis, el siete, el ocho, el nueve y el diez de octubre del año en curso, el padre Ricardo Prieto, presbítero de la Parroquia de San Basilio Magno de Bogotá, con tres meses de anterioridad convocó y organizó una peregrinación con algunos de los feligreses y vecinos de su parroquia al Santuario de la Virgen del Rosario de las Lajas y a la Basílica del Señor de los Milagros de Buga. Para ello, reunió 120 personas y tres omnibuses de la empresa “Skape”, en los cuales repartió el personal a 40 personas por cada nave, con sus respectivos guías.
El domingo cinco a las nueve de la noche en un frío cruel y lluvioso, salieron los vehículos bendecidos por el capellán y encaravanados rumbo a la ciudad de Cali por la carretera de Mondoñedo a conectarse con el peaje de Chusacá y continuar el viaje hasta la Sultana del Valle a la cual llegaron a las siete de la mañana del lunes seis.
Después de haber recorrido 482 km en 9 horas y al arribar a los albergues “Innovar” y “Las Vegas” el personal fue repartido en los dos edificios porque los individuos no cabían en uno solo. Los responsables de estos, los esperaban para que se inscribieran en los libros de seguridad de los alojamientos y darles las llaves de los dormitorios para que después, pasaran al comedor a desayunarse.
Una vez que pasó el acto, los asesores ordenaron que el personal podía salir hasta el mediodía a pasear y escudriñar parte de la urbe para volver a almorzar y dirigirse a investigar el contenido del Zoológico de Cali, disponiendo de dos horas para extasiarse de la belleza del paisaje, las fuentes de agua, los animales y retratar lo visto, consumir algunos aperitivos y vencido el plazo, trasladarse en los colectivos a la plaza de la Loma, a examinar, apreciar y a comprar algunas artesanías.
Luego de esto, subir a los buses para ir a los aposentos a cenar y a descansar, porque el martes siete, todos los devotos debían partir desayunados para llegar a Popayán y almorzar en la fonda Pubenza y avanzar paulatinamente, descendiendo y subiendo por las escarpadas sierras de las cordilleras Central y Oriental hasta llegar al pueblo del Remolino.
Allí los automotores pararon una hora para que los viajeros se bajaran a reposar, tomar refrescos, comer algo y continuar el viaje hacia Ipiales, pero al andar algo más de una hora el Sol se abismó en el occidente expidiendo rayos de luz fosforescente y las máquinas continuaron  recorriendo 467 km en 8 horas y 40 minutos, hasta la ciudad de Ipiales o de las “nubes verdes”, según decir del poeta Juan Montalvo.
Después de una pequeña confusión entre los conductores, cada quien buscó llegar, unos al hostal Internacional el Nogal y otros al Santa Isabel, a las diez de la noche a cenar y a entregarse en brazos de Morfeo para levantarse el miércoles ocho a las siete de la mañana a bañarse, arreglarse y alimentarse para partir a visitar el santuario de las Lajas.
Al llegar allí todos y cada uno pudieron apreciar la calidad de la construcción y la majestuosidad interna y externa de la extraordinaria Basílica de la Virgen del Rosario, pero en especial a encontrar la imagen de la Inmaculada grabada en la cueva, razón por la cual  recibió el nombre de la “Virgen de las Lajas”, quien está acompañada de San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán.
Una infinidad de fieles concurren día y noche a visitarla y a venerarla de todas partes de Colombia y del extranjero. El padre de Villeta, Cundinamarca, celebró la Santa Eucaristía acompañado de los suyos, y acto seguido, el padre Ricardo y sus feligreses.
Una vez que compraron sus imágenes para bendecir, pagar sus diezmos y tomar fotografías, nuevamente el líder espiritual, mandó seguir al grupo al interior de la Basílica para rememorar el Santo Sacrificio de la Misa, bendecir a los asistentes y sus objetos sagrados y al concluir el acto, desplazarse con los devotos a la plazoleta frente al templo para captar instantáneas y guardarlas como un testimonio para la posteridad.
Los coordinadores de la romería, pidieron a sus protegidos que subieran por la difícil cuesta cementada a observar la riqueza y la belleza del paisaje de la región esmeraldina de sus cultivos, luego tomar los carros para volver a Ipiales a consumir el refrigero y salir a reanudar el viaje a Tulcán.
Luego de recorrer 8.63 km en una hora, al descender de los motores en la plaza de Bolívar de dicha población, inmediatamente los 120 visitantes, fueron a la Necrópolis a divisar, contemplar y filmar el famoso centro histórico que representa a la hermana república ecuatoriana y al mundo.
Este parque-cementerio tiene un espacio de ocho hectáreas con 120 figuras de ciprés talladas con diversas imágenes artísticas precolombinas, hechas por el artífice José María Azael Franco Guerrero quien al morir dejó encargada esta obra a uno de sus hijos y a un amigo, para que continuaran realizando y conservando tan valiosa creación.
Esta construcción fue, es y será tan valiosa que el 28 de mayo de 1984 fue declarada “Patrimonio Cultural del Estado” por el Instituto de Patrimonio Cultural de Ecuador.
Además, el 23 de agosto del mismo año, la Dirección Nacional de Turismo lo declaró junto a sus jardines interiores, como “Sitio Natural Turístico Nacional” y en el año 2005 por resolución del Concejo Municipal de Tulcán, fue rebautizado el Camposanto con el nombre de José María Azael Franco, por medio de la resolución expedida por el Instituto Cultural de su ciudad natal.
Una vez los peregrinos volvieron a los buses, los dirigentes les avisaron que podían ir en busca del centro de la ciudad para informarse y apreciar los productos con el propósito de poder comprar y llevarlos al hogar.
A las seis de la tarde, los orientadores, exigieron a los pasajeros que se subieran a los buses para retornar a Ipiales a las ocho de la noche a donde llegaron en pleno aguacero a festejar y a dormitar para regresar el jueves nueve a Popayán.
Pero cual fue la sorpresa que varias personas se afectaron y se marearon por las continuas subidas y bajadas que hacían los buses a través de la cordillera Central unas veces y otras, por la Oriental, durante seis horas. Otros contemplaban, analizaban y admiraban los profundos abismos de más de mil a tres mil metros de profundidad y partes muy áridas de aquellas montañas quemadas por los pirómanos de turno.
Como si fuera poco, una de las máquinas de la comitiva se dañó llegando al municipio del Remolino, el supervisor de los consejeros, tuvo que hacer parar dos faetones intermunicipales y negociar la llevada de los “quinceañeros” hasta la capital del Cauca, mientras que los otros dos carruajes arribaron a la hostería Pubenza a las ocho y media de la noche para ingerir el piscolabis.
Al terminar de cenar, los promotores los invitaron a pasear por el puente del Humilladero, la casa del poeta Valencia, y otros sitios turísticos para cruzar la plaza Caldas, y desplazarse a buscar los autobuses con el fin de retornar a Cali ese mismo día nueve a los dos establecimientos de huéspedes.
A las doce y media de la noche los viajeros recibieron las comidas para luego ir a dormir y a las ocho de la mañana volver a reforzar el alimento para que el viernes diez a las nueve de la mañana los penitentes pudieran dirigirse a Buga, a terminar la penitencia, comprar las estampas religiosas del Santo Cristo y la “revista del Señor de los Milagros” y demás elementos para bendecirlos al terminar la Sagrada Eucaristía.
A las dos de la tarde, todos salieron por la autopista, rumbo al Quindio para degustar en una de las fincas de la Tebaida, el alimento a eso de las tres de la tarde donde tomaron un descanso de media hora, microfilmaron la zona, compraron las últimas cosas para llevar y a la cinco de la tarde prosiguieron el viaje a Bogotá, para llegar a la base a la una de la mañana, satisfechos infinitamente con Dios, con el padre Richard, con los líderes y con todos y cada uno de los amigos de la travesía, por haber logrado el objetivo propuesto.


Bogotá, 10 de noviembre de 2014


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